Quién fue José Guadalupe Posada: el grabador detrás de las calaveras

Cada noviembre volvemos a ver la misma calavera con sombrero de plumas, y cada noviembre alguien la llama «la Catrina de Posada». Las dos cosas son inexactas: él no la llamó así y no alcanzó a verla impresa. Vale la pena contar lo que sí está documentado, porque el hombre real es más interesante que la estampita.
Un oficio de prisa
José Guadalupe Posada nació el 2 de febrero de 1852 en el barrio de San Marcos, en Aguascalientes, y publicó sus primeros grabados a los 19 años en el periódico El Jicote. En 1872 se fue a León, Guanajuato, donde trabajó litografía comercial y llegó a dar clases de litografía en una escuela de la ciudad. Se fue de Aguascalientes por trabajo, tras la muerte de su padre; no por política, aunque eso se cuente mucho. En 1888, después de una inundación que devastó León, llegó a la Ciudad de México y puso taller propio.
Ahí empieza lo que nos interesa a los que trabajamos con las manos. Posada grababa para hojas volantes: papel barato, de una sola hoja, que se vendía en la calle con la noticia del día, un corrido, un crimen, una burla en verso. El taller de Antonio Vanegas Arroyo —poblano, por cierto, nacido en 1852 igual que Posada— era el más importante de literatura popular del país, y sacaba hojas sueltas, cuadernillos de oraciones, recetarios y cancioneros. Ese ritmo manda sobre todo lo demás: no se graba igual para un libro que para algo que tiene que estar en la esquina mañana.

Conviene quitar de una vez otra idea heredada: Posada no trabajaba en exclusiva para Vanegas Arroyo. Fue freelance en al menos ocho talleres y publicaciones de la Ciudad de México, según documenta la investigadora Maritere Espinosa. Era un ilustrador comercial con mucha demanda, no el artista de casa de un solo editor.
Buril, piedra y ácido
Se dice «grabado» como si fuera una sola cosa y son varias, que no se parecen entre sí.
La litografía —la que aprendió en León— es plana: se dibuja con lápiz graso sobre una piedra caliza y el truco es químico, la grasa atrae la tinta y repele el agua. No hay nada tallado. El grabado en madera es lo contrario: se talla la matriz y queda en relieve lo que va a entintar. El grabado en metal, en sentido estricto, es de hueco: el buril abre surcos en la plancha y la tinta se queda en el fondo del surco.
Y luego está la que le resolvió la vida. En buena parte de su obra tardía, Posada dibujaba directamente sobre una plancha de zinc con tinta resistente al ácido, metía la plancha al ácido, y el ácido se comía todo lo que no estaba protegido: el dibujo quedaba en relieve sin tallar una sola línea a mano. Los catálogos lo llaman relief etching, zincografía o grabado en zinc según el museo. Eso es lo que le permitía entregar al ritmo diario que pedía la calle.
Aquí hay que ser honestos, y es una lección de oficio: el Metropolitan Museum etiqueta piezas casi idénticas con medios distintos —«type-metal engraving and letterpress», «metal plate engraving», «relief etching»— dentro de la misma colección. No es un error del museo: es que en ese taller se combinaba lo que hubiera según la urgencia. Quien diga de una estampa suelta «esta es zincografía» sin haber leído su ficha, está adivinando.
La Catrina no se llamaba Catrina
La pieza que todos conocen es un cráneo con un sombrero europeo de plumas, sin cuerpo. Posada la hizo hacia 1910–1912 para burlarse de las garbanceras: gente —muchas veces de origen indígena— que renegaba de su origen y quería pasar por europea. «Garbancero» era además el mote despectivo del que vendía garbanzo. Debajo del sombrero caro no hay nada: hueso, como todos.

Tres datos que casi nunca se cuentan juntos:
- Se publicó después de su muerte. Posada murió el 20 de enero de 1913 y la imagen apareció impresa ese mismo año en la hoja «Remate de calaveras alegres y sandungueras», del taller de Vanegas Arroyo. En qué mes, no se sabe con certeza: las fuentes que revisamos dicen verano, octubre y noviembre de 1913. Coinciden en el año y en que él ya había muerto.
- Él nunca la tituló «Catrina» ni «Garbancera». Esos nombres se los pusieron después.
- «Catrina» aparece hasta 1930, en una monografía sobre grabado mexicano coeditada por Diego Rivera y Frances Toor. Rivera no la bautizó solo, pero sí la transformó: en su mural de 1947, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, le puso cuerpo entero, vestido largo y boa de plumas, del brazo de un Posada adulto y de un Rivera niño. La Catrina que hoy se disfraza en las calles es, en buena medida, la de Rivera.
Tampoco era el revolucionario que cuentan
Esta es la parte incómoda. El historiador de la caricatura Rafael Barajas, «El Fisgón», autor de Posada: mito y mitote, documenta que Posada nunca trabajó en El Hijo del Ahuizote ni con los hermanos Flores Magón, que simpatizaba con el Porfiriato y que en su obra criticó a Zapata y a Madero. La historiadora Elia Emma Bonilla Reyna matiza: hay elogios y críticas a Díaz en su trabajo, y no hay nada escrito de su puño que resuelva su postura. Trabajaba por encargo.
El Posada panfletario se construyó después de muerto, sobre todo por Diego Rivera y Jean Charlot, cuando la Revolución necesitó un pasado gráfico propio. De paso caen otras tres: tampoco estuvo preso, tampoco hizo solo calaveras —hay vendedores de juguetes, monstruos, crímenes, tauromaquia, ilustraciones de amor— y tampoco aprendió el oficio con Manuel Manilla; ya hacía cosas notables antes de llegar a la capital.

¿Y si la calavera festiva no es suya?
Manuel Manilla trabajó en el mismo taller de Vanegas Arroyo entre 1882 y 1892, antes de que Posada se consolidara en la Ciudad de México, y ya hacía calaveras con ese mismo humor. Varias fuentes lo señalan como el verdadero precursor del género. El asunto no está cerrado, pero hay una prueba física que da qué pensar: el MET cataloga planchas donde los dos comparten la misma imagen —una calavera de Posada flanqueada por esqueletos de Manilla—. En ese taller, separar autorías a ojo es imposible sin la ficha del museo enfrente.
Murió sin que nadie supiera su nombre
Posada murió en la pobreza en una vecindad de Tepito, en enero de 1913. Su esposa y su hijo ya habían muerto. Lo enterraron vecinos en una tumba sencilla del Panteón de Dolores y, al no ser a perpetuidad, siete años después sus restos pasaron a la fosa común. De él se conocen dos fotografías y ningún autorretrato.
Su obra circulaba por la calle como folclor anónimo. Fue Jean Charlot quien, hacia 1922, la vio vendida suelta, rescató las planchas olvidadas en el taller del editor y —con Dr. Atl, Rivera y Orozco— empezó a revalorarla. Antes de eso, nadie sabía que esas imágenes eran de alguien.

Del buril al cincel: qué pasa al papel y qué no
Nos interesa Posada por oficio, no por decoración. Él resolvía con línea y el papel picado se resuelve con hueco, y esa diferencia manda.
Lo que sí cruza: la silueta reconocible en plena acción —el oficio se lee en lo que la figura está haciendo—, el contorno grueso, las cuencas y los dientes convertidos en perforaciones, el punteado, que en el papel es golpe de punzón, y el achurado entendido como gris, que en el papel se resuelve con rejilla.
Lo que no cruza: el achurado de verdad, esas líneas de décimas de milímetro que en papel serían miles de cortes y un papel que se rompe solo; la línea suelta, que en el calado significa una pieza que se cae porque nada la sostiene; y la tipografía fina de hoja volante. Todo lo que en el papel queda flotando sin amarre se llama isla, y una isla es un agujero, no un dibujo.
Por eso pedir «una calavera estilo Posada» y esperar que salga un papel picado no funciona: lo que se traduce no es el trazo, es la manera de mirar. Él tomaba a la gente de su tiempo haciendo lo que hacía —el periodista, el ciclista, el borracho, la señora de sociedad— y le ponía hueso encima. Eso sí se cala.
Lo que estamos preparando
En el taller estamos trabajando una colección de Día de Muertos con esa idea: no la muerte en abstracto, sino el difunto haciendo lo que hacía en vida. El que arreglaba coches bajo el cofre abierto. La que destapaba la vaporera de los tamales. La maestra con el gis en alto. El de la tambora con su uniforme. Piezas para colgar en la ofrenda con el nombre y las fechas de la persona caladas en el papel.
Todavía no está publicada y no prometemos fecha. Cuando esté, aparecerá en nuestras colecciones. Mientras tanto, si quiere ver cómo se arma una ofrenda con papel picado, escribimos sobre eso en papel picado para Día de Muertos, y si le interesa el oficio por dentro, en cómo se hace el papel picado.
Fuentes
- Secretaría de Cultura — José Guadalupe Posada, artista mítico que marcó una concepción y un estilo de la creación gráfica en México
- Expansión — José Guadalupe Posada, un rompecabezas rodeado de mitos e imprecisiones
- El Universal (Confabulario) — No existe la Calavera Garbancera, ni la Catrina
- El Universal — José Guadalupe Posada, el creador que fue sepultado en una fosa común
- Relatos e Historias en México — El mito de José Guadalupe Posada
- Letras Libres — Posada: mito y mitote, de Rafael Barajas «El Fisgón»
- México Desconocido — Manuel Manilla inventó las calacas alegres del Día de Muertos y no Guadalupe Posada
Las cinco imágenes son de dominio público o CC0 y vienen de Wikimedia Commons, la Library of Congress y el Metropolitan Museum of Art. El crédito y la licencia exactos de cada una están en su pie de foto.